El buen tiempo y John Travolta

- en Firmas

Pues resulta que con esto de la llegada del calorcito ya apetece, a la hora de conducir, el bajar la ventanilla del coche para sentir la suave brisilla en la cabecita de uno que con los cuatro pelines que nos van quedando pues oye, eso que te llevas de sensación dérmica.

Os pongo en situación para que entendáis al máximo esta preciosa historia de amor que me ocurrió el lunes pasado. Bajaba yo por el puente de las universidades con mi coche y, ante tan exceso de temperatura, me dio por bajar la ventanilla del mismo.

Curiosamente al finalizar la calle paré en el semáforo ya que estaba en rojo y eso es lo que hay que hacer si entiendes un poco de esto de conducir. Al lado mío había una preciosa joven que me miraba continuamente desde su coche en posición paralela al mío. A mi izquierda para que me entiendan bien y no haya error de compresión en esta trama tan apasionante que hace que les tenga pegados al texto.

De repente aparecieron los ángeles con sus trompetas y nubes de corazones. Hasta creí ver a un oso amoroso de esos de los dibujos de nuestra época.

Pues bien: me dio por ponerme chulito y saque mi pecho palomo colocando mi mano derecha por fuera del coche a cual quinceañero en los autos de choque de su pueblo fardando delante de sus colegas de sus habilidades de conducción.

Volví a mirar a la joven y le puse una sonrisa tipo John Travolta en “Grease” a lo Danny Zuko. Mira. Solo faltaba que apareciera de entre los coches una chica con dos pañuelos para comenzar una carrera de las que se mostraban en las películas de aquella época. La chica esbozó una leve sonrisa y yo le correspondí con una mirada fuego a lo “Zoolander”.

Fue en ese preciso instante cuando noté un cierto cuerpo extraño en mi mano exterior. La izquierda. La  que estaba por fuera del coche. Algo caliente recorría mi mano. Efectivamente. Me había cagado una paloma.

Así como quien no quiere la cosa mantuve la posición pero de nada sirvió ya que aquel cuerpo térmicamente caliente fue resbalando hasta caer en el interior de mi coche. Más concretamente en mi pantalón. No puede por menos que bajar la mirada para ver donde se encontraba tal artefacto. Fueron segundos de angustia contenida como una faja de estas que se pone mi madre del chino en un domingo de agosto paseando por la zona centro.

Al levantar la mirada la chica ya había volado. Lógicamente al igual que la paloma y los ángeles con las trompetas. Y así terminó mi bello romance en una calle de Salamanca.

Moraleja:

“Si te pones palomo seguramente te toque aplicar aquello de: yo me lo guiso y yo me lo como”

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