Anonadado me hallo. No tengo plataformas de estas televisivas tan de moda en la actualidad. No consumo series por miedo a engancharme. Lo entiendo como una pérdida de libertad y la libertad es una de las cosas que más valoro. Por eso, la mayoría de las noches lo mejor que me encuentro en la televisión son capítulos repetidos varias veces de La que se avecina. Los habré visto veinte veces, pero es lo único que me entretiene mientras hago mi cena y me relajo un rato en casa.
En cambio, los viernes, alterno los programas de La Sexta y de Cuatro sobre reportajes de actualidad. Los primeros suelen ser más ‘macarras’, mientras los segundos son, por así decirlo ‘más callejeros’. Lo cierto es que tampoco es que les preste demasiada atención salvo cuando el redactor de turno se pone en plan portero de discoteca ante gente más o menos anónima para interrogarle en plan “soy periodista”. Yo a veces pienso en mi reacción si me sucediera algo similar en mi vida cotidiana y alguien, en base a ese trabajo (tan necesario y maravilloso bien entendido) me abordara de una forma más bien desagradable. No soy amigo de la brusquedad, pero a lo mejor alguno se llevaba una sorpresa. Pero los caminos del Señor son inescrutables y la paciencia es una virtud que comparte mucha gente. No sé si yo la compartiría. Con lo fácil que es “Buenos días. Soy tal… Puede usted atenderme un minuto…”. Si la respuesta es sí genial, si la respuesta es no pues a otra cosa mariposa. Sueltas el discurso que ya tenías preparado y ya está, pero lo de salir corriendo detrás de gente anónima y practicar el abordaje no va conmigo. Lo siento. Seré un mal periodista, pero nunca he pensado que por ejercer mi profesión tenga poderes especiales ni derechos especiales salvo que sea a la hora de acceder a cargos públicos que por ello precisamente deben mostrar una transparencia y una atención a los medios superior al resto de las personas pues lo llevan en el cargo salvo que sean cosas estrictamente personales. (Cojo aire)
Bueno. Que me lío.
A lo que iba es que el otro viernes echaron un reportaje sobre posicionamiento en Google y sobre empresas que compran comentarios positivos para ello. Un chico explicaba que para él esos comentarios eran una referencia a la hora de elegir el destino gastronómico.
Estas prácticas tienen limitaciones legales. Lo cierto es que la única limitación que deberían tener es que estuvieran prohibidas, pero ahora me saldrán todos los ofendiditos a decirme que no se puede prohibir, que está mal prohibir, que tal y cual.
A través del programa descubro cosas que ya sabía, pero que, la mayoría del tiempo asumimos como normales cuando no deberían de existir. De hecho, entrevistan a una portavoz de una macroempresa ubicada en Estados Unidos que se dedica, precisamente, a posicionar a los restaurantes, hoteles, … por los comentarios. Con toda la normalidad del mundo, la chica dice que cuando alguien descubre un comentario pagado se lo hace llegar y ellos lo denuncia (pues es ilegal). Que el año pasado sólo supusieron ya un veinte por ciento. Es un dato de estos que nadie puede comprobar, pero lo dice con tal normalidad que parece que dice una verdad irrefutable, que el dato es cierto, aunque ni lo demuestra ni estoy seguro lo pueda demostrar. También se descubre que hay empresas que les pagan por posicionar. Por muy tonto que parezca estamos hablando de un macro negocio a nivel mundial. Una cantidad ingente de miles y miles de millones de euros. Probablemente la cantidad sea tan grande que no se pueda cuantificar, no sólo por el dinero legal y por la variedad de empresas legales que se mueven en el mercado, sino también por la cantidad de dinero negro que parece mover.
De hecho, muchos de estos negocios se nutren de millones y millones de micro empresas (algunas de ellas empresas o individuos trabajando desde la ilegalidad).
Lo curioso es que cada vez que alguien intenta adentrarse en el meollo de la cuestión sale un profesional diciendo que “existe un vacío legal”. El vacío legal, en realidad es el que hace la sociedad hacia temas frente a los que que no le interesa mirar. Es mejor que engorden y engorden cual burbujas hasta que un día éstas burbujas se pinchen al menor roce.
Ya la sociedad, los estados, los gobiernos, miramos para otro lado cuando la crisis del ladrillo. El periodista mileurista compraba el chalet de 400.000 euros, más de lo que iba a ganar en toda su vida. Lo sabía, pero lo hacía cegado por las bondades de la construcción (derecho a piscina, porche para cenar con los amigos, cuatro dormitorios, sala de juegos para los futuros niños, cocina con isla central para sentirse cual Arguiñano, un baño por habitación, … Merecía la pena esclavizarse de por vida sin ser consciente de que en el momento que fallara cualquier pata, el castillo se iría abajo). Lo sabía el que le concedía el préstamo, pero mientras consiguiera un contrato más y servicios accesorios (seguros, planes de pensiones, …) tiraba p’alante. Lo sabía el constructor, pero pudiendo ganar A+10, ¿por qué iba a conformarse con ganar sólo A? Lo sabían los trabajadores, algunos de los cuales, sin cualificar cobraban más que trabajadores muy cualificados en otros sectores, pero, aun así, todo les parecía poco y no seré yo quien ponga precio al trabajo de los demás. Lo sabían los fabricantes, que se permitían vender a unos precios elevados. Lo sabían los gobiernos, pero mientras facturaran impuestos, mientras, como ellos dicen, se moviera el dinero, pues tan felices.
Sin embargo, todos miraban para otro lado y, donde había cualquier duda, todo se solucionaba con los “vacíos legales” que ahora cercan a otros sectores. Cuando estos otros sectores estallen, de nuevo nadie tendrá responsabilidad, sólo miles de ruinas personales que se habrán quedado por el camino.
Bien les valdría a los gobiernes sentarse y analizar la situación a fondo con soluciones que no pasen sólo por cobrar un impuesto mínimo a auténticas superpotencias informáticas, lo cual supone, únicamente, tapar un agujero. Analicemos todo y legislemos teniendo en cuenta no sólo la legalidad y el fin de las actividades, sino también la ética y otros factores que determinan el día a día de las personas. De Twitter y sus limitaciones ya hablaremos otro día.