Otoño en Salamanca

- en Firmas

Por eso, aquel primer otoño en Salamanca pensé (y sentí) mucho con un verso de Miguel de Unamuno, que él había escrito a los 47 años, precisamente en la mitad del camino de su vida:

Piensa el sentimiento, siente el pensamiento.

¿No era ésta una maravillosa fórmula salvadora? ¿No era este verso la expresión castellana de lo que muchos siglos antes habían dicho y escrito mis queridos amigos, los maestros de  Oriente? ¿No expresaban estos versos a la perfección la dualidad con la que, a cada momento, nos asalta la existencia? ¿Y no era el círculo cerrado de las palabras, de los versos, el que deshacía esa dualidad del sentir y del pensar sin pausa? Otra vez el verso como símbolo, también salvador, en la noche del ser; el verso -yo mismo lo escribiría muy pronto-,como esa roca que vence a toda muerte.

Me sacaban los versos de mí mismo en aquellas noches y en aquellos paseos del otoño y, al sacarme de mí, sanaban mi ánimo. A veces, el recuerdo de otros versos me llevaban a situaciones favorables. Así, la de aquel otro anochecer en que estando precisamente cerca de la Torre de las Úrsulas recordé un poema que había escrito unos años antes, durante un viaje de paso por la ciudad. Hacía frío ya, pero no sabía que aquellas piedras cercanas podían contener tanto calor.

Me refiero a que en uno de los templos de los alrededores el del Monasterio de la Veracruz– me encontré con una puerta inusualmente abierta a aquellas horas. No salían voces, ni cantos, ni músicas de aquella puerta se intuía sólo un silencio extremado y denso que parecía decirme algo. Aquel silencio que salía de la puerta del monasterio estaba representado simbólicamente en su interior por el silencio de una mujer, de una dama blanca, de una monja que, postrada ante el altar, callaba mucho, y que no se movía, y que llevaba el rostro cubierto por un leve velo blanco.

En la ciudad en la que hasta las piedras parecían hablar llameando, me sorprendió profundamente aquel silencio que, sin embargo, también parecía hablar a través del aroma aún presente del incienso, o de una plegaria que no se oía, pero que se intuía bajo aquel velo blanco, en unos labios que tampoco veíamos. La ciudad en la que se ha escrito mucho y se ha hablado con claridad y fuerza me ofrecía también su mensaje de silencio: aquella verdad de unos ojos posados en el círculo del círculo de la custodia, donde se alojaba lo blanco de lo blanco, un tipo de verdad que no veíamos, pero que sentíamos.

El pensar ya no existía. Ahora el sentir nos lo comunicaba todo. ¡Vaciar el pensamiento! Otra necesidad recreada a través de versos del ayer en mi hoy extraviado. El secreto estaba allí, en la tarde fría de la vida, dentro de una atmósfera interior, cálida, secreta. Nadie había aquel anochecer dentro de la iglesia, a parte de la dama blanca. Me pareció que el secreto revelado era todo para mí….

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