La mudez de mis palabras
recorrió los surcos de tu cuerpo.
Mientras el tiempo jugaba a amar
hablaban, sin miedo, nuestras almas.
Mordía tus labios lentamente;
con mi lengua rosada los humedecí.
Te asustó el relinchar de un caballo,
una sombra se alzó detrás de ti.
La luna vigilaba aquel amor oculto;
su reflejo iluminaba tu tez.
Aparté con cuidado tus cabellos
y, suavemente, de nuevo te besé.
Tumbada, pinté tu cuerpo al óleo;
con mis dedos tus senos acaricié.
Nunca un hombre amó tu contoneo,
tu mirada, decía: «Hazte dueño de mi piel».
La mudez de tus palabras
empequeñecía una parte de tu ser.
Tu marido cruel no te amaba;
yo solo supe devolverle luz a tu querer.