En sus sueños recuperó su alma,
como si el tiempo pidiera perdón.
Sus brazos, su refugio eterno,
la envolvían sin condición.
Sin aviso llegaron los susurros,
heridos de tanto callar:
le dijeron que aún la amaba,
que nunca la dejó de amar.
Ella, dormida, se preguntaba
si aquel amor fue real.
Y en los sueños volvió a mirarlo:
era un hombre hecho de sal.
El destino quebró ambos cuerpos,
pero no logró nunca dividir
esa raíz profunda del recuerdo,
sentimientos que se niegan a morir.
Fueron dos sueños encontrándose
al borde de un gélido amanecer,
donde el pasado respiraba calma,
como si el amor pudiera volver.
Un silencio enmudeció sus labios
que inesperadamente él volvió a besar.
Rozó la curva de su dulce sonrisa
y aprendieron otra vez a amar.
El llanto rompió la promesa
que ella nunca pudo ocultar.
Aquel amor era un sueño:
le dolía demasiado despertar.
Él la amaba en la noche muda;
no era un sueño: era verdad.
Guardaba la risa de su niña
como un acto de libertad.
En sus sueños recuperó su alma,
un «te amo» sin esconder.
Despertó con su nombre en los labios:
un amor que, sin buscarlo, aun anhela renacer.