Un ángel inocente ha emprendido su vuelo hacia el cielo. Se ha marchado de la tierra dejando un vacío imposible de llenar. Un desenlace tan injusto como inesperado para quienes la rodeaban. En estos días, la imagen de una princesa llamada Sandra Peña ilumina las redes con su sonrisa, con esos ojos llenos de vida que, presuntamente, otras tres jóvenes le arrebataron.
Y sí, digo «presuntamente» porque solo un juez puede cambiar esa palabra, por más que mi corazón grite otra cosa. Lo verdaderamente doloroso es que tengan que ocurrir tragedias como esta para que muchos comiencen a mirar de frente un problema tan real y peligroso como el bullying.
Como madre de un adolescente, sé que el acoso escolar está tristemente presente cada día. Me duele escuchar frases como «son cosas de niños ». No, no lo son. La muerte de una niña no es un juego de parchís; es la consecuencia de una mala gestión, de valores que faltan en algunos hogares. Los profesores educan y apoyan, pero los valores esenciales —el respeto, la empatía, la responsabilidad— se siembran y cultivan en casa.
No debería haber sido necesario dar dos avisos al centro educativo donde estudiaba Sandra. Con el primero debieron actuar con firmeza. El acoso no ocurre solo en el aula: se extiende a los recreos, a las salidas del colegio y, hoy más que nunca, a las redes sociales, donde el daño se multiplica y se hace invisible para muchos adultos.
Podrán cumplir condena, y está bien que haya consecuencias, pero…
¿Quién le devuelve la vida a Sandra?
¿Quién les devuelve a sus padres, a su hermano, a su familia, la luz que ella representaba?
La realidad ahora es tan oscura como su habitación vacía, donde su presencia se ha vuelto ausencia, donde su llanto se ha silenciado para siempre. Ayudemos a sus padres compartiendo su imagen, su historia. Hagámoslo por Sandra y por todos los niños y niñas que han sufrido —o sufren en silencio— el acoso escolar.
A veces, no basta un protocolo. En ocasiones, hace falta actuar con contundencia: expulsar a quienes causan tanto dolor, no para trasladarlos a otro instituto, sino para que reciban la atención y las consecuencias que corresponden. Porque si tienen edad para acosar, también deben aprender que sus actos tienen peso y secuelas. Los psicólogos ayudan, pero no hacen magia: los valores se enseñan en la infancia o, de lo contrario, cuesta toda una vida aprenderlos.
Hoy, una pequeña nos guía desde el cielo. Que sus alas blancas sigan extendidas, que su luz jamás se apague. Que su historia no quede en el olvido, sino que se transforme en un grito colectivo contra la indiferencia. Que su partida sirva para salvar a muchos otros niños y niñas.
«El recuerdo siempre vence al olvido, y tu esencia vivirá por siempre en el corazón de quienes te llevan consigo»
Descansa en paz, Sandra Peña.
Fuerza, amor y consuelo para toda tu familia. Que tu luz nos inspire a no mirar hacia otro lado.