Temía entregarse a ese cuerpo lozano y prieto que revoloteaba en su órbita pidiendo atención, porque sospechaba que el cortejo de exigencias que eso conllevaría no sería escaso.
Pensaba que el invierno era muy largo y la distancia física que los separaba resultaría insalvable cuando flaqueara el deseo que todavía los mantenía unidos.
Se resistía a aceptar que después de estos años aún necesitaba oír su voz, sentir su sonrisa, sus caricias y sus encantos; que se encontraba pillado en las redes de sus brazos y piernas, vagando en su ausencia por un laberinto sin lazarillo.
Y se preguntaba incrédulo si sus sentimientos y la pasión amorosa sobrevivirían a los avatares de una vida compartida o serían como flores de un día, hermosas y efímeras.
Confiaba en sí mismo y en lo que albergaba su corazón, pero no en todo lo que les rodeaba y condicionaba sus vidas.
Por desgracia, la atracción y el deseo mutuos no sobrevivieron a ese mar de fondo de temores y dudas; y es que amigos, creedme, no es frecuente encontrar un valiente amor que se atreva con todo.