María Rodríguez de Monroy

- en Historia
Casa de Doña María la Brava

Si nombramos a María Rodríguez de Monroy quizá el nombre no suene a nada conocido, pero si nos situamos en la Plaza de los Bandos (Salamanca) los ojos se topan con la escritura grabada en la piedra donde pone Casa de María La Brava y todo cobra sentido.

El edificio del siglo XV se sitúa en esta afamada plaza salmantina y está coronado por tres escudos de tres familias diferentes: los Monroy (familia a la que pertenecía la protagonista), la de los Maldonado y, por último, los Enríquez.

María Rodríguez nació en el Palacio de Monroy (Plasencia) aunque gran parte de su vida transcurrió en Salamanca. Su historia está marcada por el conflicto entre las familias más destacadas de los bandos nobiliarios de la capital charra entre las que se encontraban los Solís, los Maldonado, Manzano y los mismos Monroy.

La leyenda que le otorga el apellido de “la brava” transcurre en el año 1465. María Rodríguez había casado con Enrique Enríquez de Sevilla, descendiente directo de Fernando III El Santo. Del matrimonio nacieron dos varones: Pedro y Luis, además de dos mujeres, Aldonza y María.

Ambos hermanos pertenecientes a la casa Enríquez se enzarzaron en una disputa con los hermanos Manzano mientras jugaban a la pelota. El ambiente se caldeó, y los Manzano asesinaron al hijo pequeño de Doña María. Temiendo la posible venganza del hermano mayor, lo esperaron escondidos y lo asesinaron también para después huir de la ciudad.

María Rodríguez de Monroy se tomó la venganza por su mano y capitaneó un grupo de hombres armados para dar caza a los asesinos de sus hijos que fueron descubiertos en Portugal. Los hermanos Manzano fueron ejecutados y La Brava regresó a Salamanca con las cabezas de ambos. Cuenta la leyenda que las cabezadas fueron arrojadas en las tumbas de sus hijos, enterrados en la iglesia de Santo Tomás de Canterbury.

El hecho dividió a los nobles en dos bandos, el de San Benito y el de Santo Tomé, y a pesar de la venganza, la rivalidad no terminó. En la mediación entre ambos bandos y el posterior apaciguamiento, intervino activamente San Juan de Sahagún, siendo ésta una de las causas por las que fuera nombrado patrón de la ciudad. El pueblo apodó a la mujer María La Brava como símbolo de entereza y coraje femenino para la ciudad.