La sonrisa de Celia

- en Sociedad

En realidad, no es sólo la sonrisa sino todo lo que transmite. En realidad, es esa ‘buena vibra’ que da. Es esa imagen que ya quedará en el recuerdo de todos los que la conocimos y en el de los que, de una u otra forma compartieron tiempo con ella. La sonrisa de Celia podría ser el título de un libro, pero no lo es. Es la seña de identidad de un ser de luz que, desde ayer, brilla ya en lo más alto.

Llevo desde ayer por la tarde dándole vueltas y coincido en que es difícil asumir la noticia. Pensar que una persona tan viva como ella ya no está es algo difícil de asimilar. Quizá por eso tantas reacciones y tantas lágrimas. El vacío que deja es sólo comparable al efecto que producía en los lugares por los que pasaba. Porque Celia Sánchez era de esas personas que no dejaba indiferente a nadie. Dicen que la gente especial se marcha pronto y ella no ha podido esperar. Como en tantas otras facetas ha cogido su camino y lo ha afrontado con la mayor dignidad y entereza. Es como aquel último café que tomé con ella en El Adelanto, tras el último cambio de propiedad. Ambiente tenso entre la redacción. Preocupación que se traducía, incluso, en desgana. Recuerdo sus palabras cuando me dijo que no entendía estar en un trabajo y no estar a gusto. Que si no estabas a gusto lo que tenías que hacer era echarte a un lado. Apenas un mes después ponía rumbo a Madrid.

Porque si algo marcaba su vida, además de esa sonrisa ya eterna, era su trabajo y es con lo que me quedo. Su capacidad de inventarse. De dar a sus escritos un toque personal. Sí. Hay periodistas que se limitan a llenar páginas. Pueden ser muy buenos en ellos, Sin embargo, Celia tenía tal pasión que sus escritos no dejaban indiferente a nadie. Eran brillantes, bastante documentados y, sobre todo, deliciosos a la hora de leerlos.

Cuando ayer me enteré de la triste noticia de su fallecimiento no pude por menos de echarme a llorar. En mi mente se agolparon numerosos recuerdos que forman parte de mi vida en la ya desaparecida redacción de El Adelanto. Una etapa, una forma de hacer periodismo, un escenario y un grupo de personas que marcaron mi vida y que forman parte indivisible de la misma, independientemente de lo que haya sucedido posteriormente. La primera vez que entré en aquella entreplanta, rojo de vergüenza, sin saber exactamente cómo comportarme, nunca olvidaré el cariño con el que me recibió Sandra Hernández, compañera también de batallas en mis tempranos años de la Universidad Pontificia. Recuerdo hacer una prueba para poder hacer prácticas. Y recuerdo que, una vez ya superada la prueba, allá por junio de 1999 (creo que empecé el día de San Juan de Sahagún) mi incorporación a la redacción de El Adelanto, primero como becario, luego como colaborador y ya más de una década como redactor. Parte de ese tiempo la tuve como compañera. Pero aquellos primeros días marcaban, con Enrique Arias como director, con Alonso y Nunchi a los mandos, con López de enlace y con Celia en… Cultura.

Podría recordar ahora El Adelanto en sí y mi experiencia, pero da para otro artículo. Lo dejo pendiente y en él me meteré a fondo en recordar a todos aquellos que hicieron más grande el periodismo y mi vida, en mi R1, en los foteros y demás. Hoy me centraré en el recuerdo de una de esas últimas grandes periodistas, con sello propio, que dedicaban más del cien por cien lo que, intuyo, a veces no es sano tampoco, pero estoy seguro que era inevitable. Me centraré en su lucidez, en su riqueza intelectual, en sus ganas. Años y años dedicados al periodismo y cada día era capaz de reinventarse. Recuerdo coincidir muchas veces en el Ito’s, que era como su casa y la querían como si fuera familia. Recuerdo su ropa extravagante, su andar como balanceándose, sus cambios de ‘look’ sin importarle el qué dirán. Recuerdo sus silencios, su esmero en el trabajo, los Premios Reina Sofía, sus crónicas taurinas, su contraportada, recuerdo las constantes visitas de Carlos Vicente al periódico, de otros compañeros de la interpretación, de otros compañeros del mundo cultural. Porque ella era, sin duda, un referente en la Cultura y de la Información en Salamanca. Lo fue luego para ‘la mí Moniqui’, sí, otra sonrisa que se ‘crio a mis pechos’, pero que alcanzó la madurez junto a Celia. Menuda pareja.

Recuerdo sobre todo aquellos primeros días/meses/años. La recuerdo sentada junto a Gustavo Gómez, a Isidro Serrano y a Francisco José Merino. Menudo cuarteto de mesa. La recuerdo siempre creando buen rollo. La recuerdo abierta, pero también reservada para lo suyo. A veces prefería callar, pero también sabía decir las cosas, dentro de la redacción y fuera, pero jamás perdía las formas. Tenía su gallardía y, quizá cierta soberbia en ocasiones, pero es que, en esta profesión, hay veces que hay que serlo y poner a cada uno en su sitio. Pero me quedo con lo dicho, con su celo por el trabajo, con su calidad periodística, con ser una de las últimas periodistas con mayúsculas, donde cada texto era un descubrimiento. Me quedo con su capacidad de reinventarse, de ir y volver a la televisión, de marcharse a Madrid buscando guerra y regresar a Salamanca buscando paz, pero siempre, siempre con esa sonrisa que todos destacamos. Recuerdo su aventura digital de la que hablamos largamente pues coincidió con la mía, cada uno en su terreno. Recuerdo cómo nos amenizó la pandemia con los capítulos de un libro al más puro estilo Agatha Christie. La recuerdo queriendo a mi querido Angelito Almeida y a otros compañeros.

Desde que me enteré no he parado de llorar. Tengo mal cuerpo. La siento ahí, pero siento que ya no va a estar. Sé que se queda en mi memoria, en mis mejores recuerdos, pero que nunca más voy a leer esos textos tuyos. Desde ayer he recuperado también aquel lenguaje propio que utilizaba. “Majito” me viene ahora a la cabeza. Yo, como para tantos otros, era para ella R2 y siempre pronunciando con ahínco la ‘R’.

Hoy el mundo es un poco más triste, pero su sonrisa brilla ya de forma eterna. Mi abrazo sobre todo para su familia y para todos aquellos compañeros que tuvieron/tuvimos la suerte de compartir con ella, aunque sólo fuera un minuto y que ahora quedan ‘huérfanos’ de una amiga y de un referente. Sé que nadie lo olvida y eso, al final, es triunfar en la vida. Una vida que ayer nos dio un duro revés. Estoy seguro que donde vaya seguirá dando buen rollo y buenas noticias.

Descansa en paz amiga.

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