Enfermos

- en Firmas
65
Enfermos en Hospital

El día 11 de Febrero se celebra en todo el mundo católico la festividad de La Virgen de Lourdes, patrona de los enfermos, a cuya gruta en la localidad francesa homónima, peregrinan cientos de miles de personas al año, buscando remedio y consuelo para su enfermedad.

Buceando en mi memoria recuerdo que cuando era una niña de unos 6 ó 7 años, y vivíamos en el Salto de Aldeadávila, mi madre me miraba fijamente y con una sonrisa burlona me decía: “-Hija mía, tendrías que haberte llamado María Dolores, porque siempre te estás quejando”. Y nos reíamos las dos a carcajadas, con la certeza compartida de que yo me quejaba porque sabía que alguien a mi alrededor se iba a hacer cargo de mi llanto y se prestaría gustoso a mitigar mi dolor: ellos, mis padres.

Con el transcurrir de los años se demostró que esa relación Salud/Enfermedad nos uniría a los tres para siempre, incluso de una manera más fuerte y tenaz de la que nos habrían unido los simples lazos materno-paterno-filiales.

Desde que nací fui una niña enfermiza, pues siendo una lactante de 3 meses comencé con mis ataques de asma que preocupaban y asustaban en la misma medida a mis padres y a los médicos que visitaron entonces buscando remedio para mi enfermedad.  Estar enferma era mi estado natural. Sin ser consciente de ello, yo absorbía la casi completa atención de mis padres y esa fragilidad que me confería mi estatus de enferma, me mantenía alejada de los circuitos reglados de escuela y relaciones exteriores, viviendo confinada en mi hogar, o en el hogar de mis abuelos en Torrelavega, donde pasé 1 año de mi vida al cuidado de mis tías solteras y de mis abuelos, para poder asistir a un tratamiento de aerosolterapia que propiciaba el Dr. D. Camilo de Blas.

Desde pequeña los médicos eran mis amigos, los seres que traían en sus maletines el remedio para mis males y en su boca la sonrisa amable y las palabras doctas y sabias, dichas con la serenidad y la firmeza necesarias para moldear en mi ánimo el deseo de ser como ellos y ayudar a los que también sufrían como entonces sufría yo. Estoy segura de que mi infancia, con todo lo que viví en aquellos tiempos, ha sido determinante para la definición de la persona que he llegado a ser con el transcurrir de la vida, porque tener la sensación de que te falta el aire al respirar, de que te ahogas cuando hablas, cuando ríes a carcajadas, cuando llega la noche y te acurrucas a oscuras en tu cama, cuando el insomnio hace presa en ti y llamas una y otra vez a mamá, y mamá y papá se turnan para ver qué te ocurre y solo pueden ofrecerte agua o te cogen entre sus brazos desesperados para acunarte con mimo, cuando ni siquiera conoces todavía el significado del verbo vivir, hace que llegues a considerar cada día como un regalo que no debes malgastar.

Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer al leer todo lo anterior, yo no tenía entonces conciencia plena de que era una niña enferma, ni sentía miedo ni inseguridad, pues la fortaleza de mis padres me arropaba dándome las alas que necesitaba para seguir viviendo como una niña alegre y feliz.

Dedicarme a la profesión médica llamándome Lourdes, como la Virgen Sanadora a base de milagros, era cuestión de tiempo, pues el germen de mi vocación se plantó dentro de mí en la más tierna infancia. Ser estudiante de Medicina y luego Médico me ha permitido contemplar desde muy joven la enfermedad y a veces la agonía de personas muy próximas a mi corazón.
En todos los seres humanos enfermos que he conocido a lo largo de mi vida he creído vislumbrar esa necesidad imperiosa de reclamar atención y cuidado a las personas que los rodeábamos, pero acompañada siempre de una dignidad y entereza encomiables.

La condición humana lleva aparejada la enfermedad y la muerte. El cuerpo humano desde que nace es de una debilidad que espanta. Estamos por naturaleza expuestos a todo tipo de achaques, accidentes y padecimientos desde el momento en que somos concebidos en el vientre materno, hasta que el último hálito de vida nos abandona. Y se puede asegurar que el dolor es el síntoma más frecuente que experimentará una persona a lo largo de su existencia.

Cada uno de nosotros estamos rodeados de enfermos de distintas dolencias y con diferente gravedad; de hecho nosotros mismos hemos estado o estamos enfermos en el momento actual. A veces el padecimiento es físico, pero cuántas veces la enfermedad afecta a la esfera mental y/o emocional.

Y todos cuantos rodeamos o asistimos a esos seres que sufren, debemos saber que el amor, la cordialidad, la amabilidad, la ternura, la entrega y el cariño con que tratemos a los dolientes, tiene casi tanto poder sanador, como la aplicación de los últimos avances científicos.

Éste es un canto de amor a todos aquellos seres sufrientes, a los enfermos que han ocupado mi vida desde que yo dejé de ser uno de ellos hasta el momento presente.

Éste es un canto de agradecimiento dedicado a todos los enfermos que he conocido a lo largo de mi vida, a aquellos que me han enseñado con su ejemplo a afrontar el dolor y la enfermedad y a cuantos me han precedido en el Sueño Eterno.

Autor

Lourdes Francés
Cirujana Ortopédica y traumatóloga. Runner popular.

Noticias relacionadas