Crónica de mi Tercera Maratón

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Faltaban menos de 25’ para las 14.00 horas del domingo 24 de Abril, cuando accedí corriendo o más bien renqueando, a la Plaza de Cibeles desde el Paseo Del Prado.

Mi mente estaba muy lúcida, recibiendo agradecida los ánimos del público que se agolpaba a ambos lados del Paseo de las Acacias, Ronda de Valencia, Plaza del Emperador Carlos V y Paseo Del Prado, pero sentía acalambradas las dos piernas desde los dedos de los pies hasta la raíz del muslo, haciendo que mi ritmo de carrera se ralentizara en esos últimos 4 kms que conducen hasta el final del trayecto.

En el momento en que divisé la estatua de la Diosa, llevaba 42 kms corriendo sin parar, ni siquiera para repostar, y tenía a menos de 200 metros la META soñada de la maratón de Madrid, una de las más exigentes de cuantas componen el circuito de maratones, no solo de ámbito nacional sino internacional.

Cibeles, diosa de la Tierra, de la agricultura y la fertilidad, sentada en su carro tirado por Hipómenes y Atalanta, jóvenes amantes convertidos por la diosa en leones y tristemente condenados a tirar de su carro eternamente sin poderse mirar frente a frente, observa imperturbable mi paso cansino y desmadejado en ese punto, mientras enfilo la suave pendiente del Paseo de Recoletos, tapizado ahora por una alfombra azul royal que me conducirá en unos pocos minutos más, hasta el final del hermoso circuito urbano que recorre los rincones más emblemáticos de una de las ciudades más cuidadas, hermosas y pletóricas de vida del orbe, la ciudad de Madrid, capital del Reino de España.
A mis espaldas llevaba una preparación concienzuda y exigente de casi 3 meses, con un tropezón físico a 3 semanas de la carrera que casi acaba con mis posibilidades de ponerme en línea de Salida. Por fortuna el tratamiento aplicado surtió efecto y una semana antes de la carrera desaparecieron los dolores y después de hablar con mi entrenador, Rafael Iglesias Borrego, decidimos que ya que estaba sin dolor intentaría correr el día previsto.

Saborear Madrid en una apacible mañana primaveral, pateando sus calles cerradas al tráfico rodado para la ocasión, amparada bajo la sombra generosa de plátanos, acacias y melias, bajo un cielo prístino, azul inmaculado, en calma, no creo que tenga parangón: es algo excepcional y único. Madrid a tus pies!!!

Bandas de músicos entusiastas del Rock and Roll amenizan el trazado y sientes que la ciudad entera es tuya y vibra contigo al ritmo de tu corazón y de tus pisadas.

No recuerdo haber pensado nada interesante durante las 4 horas y 16’ que me mantuve en carrera. Solo escuchaba a mi cuerpo que estaba contento, satisfecho, obedeciendo dócilmente para lo que le había entrenado.

Todas las maratones tienen sus 195 metros añadidos a sus 42 kms previos. En esos casi dos hectómetros uno puede recordar toda su vida, o quizá solo repasar los hitos que han marcado su existencia, o agradecer de corazón a los que le sirven de ayuda y soporte para conseguir sus objetivos, o puede que su mente se quede momentáneamente en blanco y de forma automática genere la orden imperiosa de sobreponerse al dolor, a los calambres, a la debilidad física extrema de un cuerpecillo enjuto y desgastado, para seguir dando un paso tras otro, tras otro, tras otro, hasta llegar a rebasar esa línea de Meta, que parece la cumbre del Everest, detrás de la cual sigue existiendo el dolor, pero ahora ya acompañado de la GLORIA.

Detrás de mí, ya felizmente rebasada, la hermosa cara de la Diosa Cibeles insinúa una sonrisa bajo la máscara granítica que la conforma; después de todo yo solo soy una simple mortal.