Si hiciéramos una encuesta por la calle sobre cuánto gusta la Navidad, seguro que saldría la fiesta más querida y odiada a partes iguales.
Si la pregunta se la hiciéramos a niños, saldría por supuesto la más querida.
Para ellos es la fiesta perfecta: Tienen muchos días de vacaciones, reciben un montón de regalos, ponen el árbol y el belén en sus casas, se acuestan más tarde de lo normal…
Recuerdo las Navidades de cuando era pequeña, como unas Navidades maravillosas.
En mi casa la Navidad se vivía como en la mayoría de los hogares españoles de mediados de los ochenta.
Desde que en la tele empezaban los anuncios de juguetes y colonias, ya sabíamos que no faltaba mucho para Navidad.
“Las muñecas de Famosa se dirigen al portal…”
Inevitable leerlo sin cantar eh?!
Por supuesto, era mi anuncio favorito.
Y aunque yo siempre fui mucho más de la Barbie que del Nenuco, me flipaba ver cómo las muñecas caminaban despacito hacia el portal de Belén.
En la calle Zamora, había una juguetería enorme donde tenían expuesto un Rey Mago de cartón a tamaño natural, con un buzón en las manos para que los niños metiéramos las cartas en él. Recuerdo las mariposas que sentía en el estómago al meter la carta, deseando que me trajeran a la preciosa Barbie Superstar.
Siempre había algún villancico sonando en algún sitio y desde mis tiernos cinco o seis años y abrigada hasta arriba para no coger frío, disfrutaba embobada mirando los escaparates y soñando con ver mis juguetes favoritos esperándome en la alfombra del salón.
En aquellos años Papá Noel era un personaje que veíamos en las pelis americanas de la tele.
Aquí se celebraba con una gran Cabalgata, la llegada de los Reyes Magos la noche del cinco de enero.
Y esa noche, era sin duda la más maravillosa y la más bonita del año.
Recuerdo que de niña, evidentemente no lograba entender cómo podían subir a mi casa los tres camellos. Vivíamos en un segundo, e inocente de mí un día le pregunté a mi madre:
—Oye mamá ¿cómo es posible que puedan subir los Reyes hasta aquí con los camellos? Los tazones que les dejamos con agua, por la mañana aparecen vacíos…
Y como las madres traen de fábrica las respuestas para ese tipo de preguntas, me contestó tranquilamente:
—Pues en los sacos, junto a los regalos, llevan unas escaleras mágicas para poder subir a los balcones de tooodas las casas de los niños. ¡¡No ves que los Reyes son Magos!! Ellos pueden hacerlo…
Suerte para los padres poder echar mano de eso de que, “son Magos”
También recuerdo con mucho cariño ese momento de limpiar a conciencia los zapatos más bonitos que teníamos, y así poder dejarlos bajo el árbol de Navidad. Confiaba en que los Reyes habían leído mi carta y cómo siempre pensaba que había sido buena, estaba segura de que por la mañana me encontraría un montón de regalos.
Me iba a la cama más nerviosa que un saco conejos, soñando con la Barbie de turno y con el maquillaje de la Señorita Pepis.
Cuando abandonamos la niñez, pero aún somos jóvenes y los años todavía no nos pesan, estamos deseando que llegue la Navidad para tener vacaciones y no estudiar durante un par de semanas.
Pero sobre todo para salir de fiesta con los amigos.
Y si es el primer año que nos dejan salir en Nochevieja, la preparamos a conciencia meses antes.
En el caso de nosotras, las mujeres, podemos estar prácticamente desde que acaba el verano, pensando en qué ponernos esa noche y mirando vestidos, zapatos y complementos.
Los chicos son otra historia.
El mismo día treinta y uno por la mañana, le piden una corbata a su padre y lo arreglan con la americana que guardan en el armario, usada por última vez en alguna reunión familiar. Llámese bautizo, boda o comunión.
Con esa edad ya somos un poco conscientes de qué va la vida y tenemos la capacidad de echar de menos a los que faltan alrededor de la mesa. Sobre todo a los más mayores, que por ley de vida, son los primeros en irse.
Pero aún nos quedan años para ser felices y seguir disfrutando de la Navidad, pues siendo adultos es muy probable que lleguen a nuestras vidas los hijos.
Y entonces la Navidad vuelve a ser maravillosa.
Las luces son más brillantes y todo es más emocionante porque lo vemos a través de sus ojos.
Perdemos la vergüenza a la hora de bailar vestidos de elfos o Papa Noel, solo por ver sus caritas de emoción y escuchar sus risas contagiosas.
No dormimos la noche de Reyes, solo por pensar en la cara de sorpresa que pondrán al ver los regalos y por recibir ese abrazo mientras miran los juguetes diciendo: —¡¡Mira mamá, los Reyes me han traído todo lo que les pedí en la carta!!
Y deseamos con todas nuestras fuerzas que ese momento de felicidad absoluta, no desaparezca nunca.
Pero esos seres van creciendo y mientras ellos van subiendo, en edad y en estatura, nosotros vamos bajando y nos vamos dando cuenta de que cada vez hay más sillas vacías y que hay seres queridos que sólo están presentes en fotos.
O están, pero a cientos o a miles de kilómetros.
Es entonces, cuando nos damos cuenta del verdadero significado de la Navidad.
“Compartir el tiempo que tenemos, con la gente a la que queremos”
Así que aprovecha ahora si puedes, para conservar en tu memoria, ese abrazo apretao del abuelo, ese beso sonoro de la abuela y ese calor de hogar que se respira en casa, cuando es Navidad.
¡Felices Fiestas y Feliz Navidad!