Santa Teresa de Jesús es una gran escritora. Ella escribe, como ella misma asegura, para engolosinar y consolar a los que llevan vida de oración, para aleccionar a sus hijas, las carmelitas, para edificar a las almas y para cumplir obediente, el mandato de sus confesores. Como decía Pemán: «su escribir es parte de su hacer». Escribiendo, desvela y muestra el testimonio de quien ama la verdad y la vive. Una verdad que ella cifra en la acción de Dios sobre el alma humana, una acción amorosa y transformadora. Y lo hace con gracia y con la misma naturalidad con la que habla, deseando tener muchas manos para poder dar a entender lo que había aprendido de su Maestro celestial, su «libro vivo», Cristo.
Se han hecho referencia clásica las palabras de Pablo VI en la Evangeli Nuntiandi “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio”. En este sentido, Teresa es maestra de oración por ser testigo del trato íntimo con Jesús.
Teresa fue una mujer en camino, “hizo camino al andar” y en cada recodo de sus andanzas, oró y enseñó a orar. Y de tanto estar y tratar con Jesús, Teresa se convirtió en maestra en el sentido de poder decir y enseñar aquello que aprendía sin cesar en su trato amistoso con el Maestro. Para ella la oración, entendida como relación continua y amorosa con Jesús, fue el gran descubrimiento que cimentó su vida y su obra y una necesidad humana, ya que fue Jesús quien nos enseñó su valor. Ella dirá que la oración es un “camino real para el cielo”, y Jesucristo “el bien por el que nos vienen todos los bienes”, “una hermosura que tiene en sí todas las hermosuras, la misma fortaleza, un piélago sin suelo de maravillas”.
Muchos han aprendido a ser lectores empedernidos como ella, a identificarse con sus luchas, su dinamismo, su fuerza, su coraje y su determinada determinación para amar como Jesús, para sentir con la Iglesia. Leerla es toparse con su gracejo y su ingenio, su lenguaje sencillo y espontáneo, su delicadeza, su sentido práctico, su fervor, su capacidad de análisis y de introspección.
El Dios de Teresa, el Dios vivo que lo penetra todo y empapa todo, sigue estando presente y nos espera en cada recodo de los distintos caminos, en la cruz desnuda, en la campana que llama a la oración, en las risas de los seres humanos, en las veredas del verdadero Camino. Y si de verdad “no mirásemos otra cosa sino al camino, presto llegaríamos; mas damos mil caídas y tropiezos y erramos el camino por no poner los ojos en el verdadero camino”.
Teresa está viva en sus libros, pero también lo está en todos aquellos que viven su doctrina, sin hacer ruido, entregando su vida a Dios y a los hermanos, pues “las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vean a uno pasar. Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil” (José Martí).
El día 15 de este mes es la fiesta de santa Teresa. Es una oportunidad para acercarse a sus escritos y saborear y gustar al Dios que se siente en sus páginas.