José Luis Capitán y su sonrisa contra la ELA

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Hace ya unos cuantos años descubrí la historia de José Luis Capitán. Cómo sufría los primeros efectos de una enfermedad sin saber, realmente, qué nombre ponerle (más información aquí). En realidad, ELA es una enfermedad que se ha dado a conocer los últimos años. Quizá su máximo exponente a nivel mundial fue el científico Stephen Hawking. El nombre es el acrónimo de Esclerosis Lateral Amiotrófica y sus efectos son devastadores sin que, de momento, se haya encontrado cura. En la ELA, las células nerviosas (neuronas) motoras se desgastan o mueren y ya no pueden enviar mensajes a los músculos. Con el tiempo, se produce un debilitamiento de los músculos, espasmos e incapacidad para mover brazos, piernas y cuerpo. Cuando los músculos del tórax dejan de trabajar, se vuelve difícil o imposible respirar. Afecta, aproximadamente a 5 de cada 100.000 personas en el mundo.

Podrían pensar que soy un experto en la enfermedad, pero no. La descripción la acabo de encontrar en un famoso buscador en Internet. En ese mismo buscador pongo José Luis Capitán y salen un montón de entradas y un montón de fotografías. Las entradas son una mezcla de noticias referentes a la enfermedad que padece y sus méritos en una más que digna carrera atlética que se vio un día truncada por los síntomas de una enfermedad a la que le costó poner nombre. Las fotografías son una amalgama de sonrisas, tanto antes como después de empezar a padecerla. De ello hace ya más de un lustro.

Pero, por suerte, no necesito ir a buscar quién es, porque he tenido la suerte de conocerlo en persona. Tal vez él no me recuerde a mí, ni siquiera su hermano, también atleta y periodista, Vicente, con el que he tratado más. Pero yo sí los recuerdo. A ellos, a su hermano Manolo, a su primo Chuchi. Recuerdo haber escrito en alguna ocasión cómo los conocí, precisamente en el bar que regentaba éste último en la Plaza de Barcelona, donde acudían en sus visitas a Salamanca. Allí coincidían con Rafa Iglesias y allí recuerdo verlos revisar las clasificaciones de la San Silvestre Vallecana y echando unas risas, pero recuerdo, sobre todo, el orgullo que despertaban en su primo. Ya en mis primeros años como profesional del periodismo, ambos eran dos de los grandes animadores de la San Silvestre Salmantina. Se hicieron habituales en las entrevistas pre y pos carrera tanto en El Adelanto, donde escribía un servidor, como en el resto de medios salmantinos. Y es que, a pesar de haber nacido en Madrid, procedían de San Martín del Castañar donde poco después empezaron a organizar una carrera en verano. Se convirtieron, por tanto, en dos salmantinos más y el seguimiento era ya una constante a lo largo del año.

Por eso, cuando descubrí lo de su enfermedad, me impactó más de lo habitual. Hasta entonces apenas tenía constancia de la ELA. A partir de ahí comenzó a despertar en mí una rabia solo proporcional a la enorme capacidad de lucha y al enorme número de ejemplos de superación que vi en muchos enfermos. Porque, no sé si lo he comentado antes en el artículo pero… la ELA no tiene cura conocida. Sin entrar en detalles, porque supongo que ustedes ya tendrán conocimiento de cómo es la ELA, coincidirán conmigo en que hay que tenerlos muy bien puestos para afrontar una enfermedad así (hablo de este caso porque es el que nos ocupa, pero me consta de otras enfermedades a las que muchos enfermos miran de frente y agarran por los cuernos con enorme valentía). Y cuando me refiero a ellos me refiero a sus familiares, que se parten el alma por ellos.

De hecho, tengo un vecino que la padece y, pese a que lo veía todos los días, tardé mucho en descubrirlo. Fue una vecina suya la que me lo dijo. Yo sólo le noté lo que a mí me parecía un problema en la voz cuando nos dábamos los buenos días (tampoco teníamos una relación más íntima). Sin embargo, poco después descubrí que tenía ELA y hace dos o tres años, en mi anterior etapa como Director de Comunicación de un club de fútbol, me atreví a ponerme a su disposición para darle visibilidad. Porque era la única forma que veía de poder apoyar. Le comenté a su mujer, Lourdes, que si querían hacer alguna actividad en nuestro estadio, estábamos a su disposición.

También desde hace tiempo, sigo en Twitter a Jordi Sabaté (@pons_sabate), un luchador empedernido por la vida. Un verdadero activista, y cañero con las autoridades y con todo lo que haga falta para reivindicar sus ganas de vivir.

Las mismas ganas de agarrarse a la vida, los mismos redaños, observé en el ya fallecido Carlos Matallanas, y los observo en Juan Carlos Unzúe, ex futbolista y entrenador, al que le descubrieron la enfermedad más recientemente, pero que se ha convertido en un auténtico abanderado de la lucha contra ella. Y, al igual que José Luis, lo hace desde el optimismo.

Por eso cada vez que veo a José Luis sonreír yo, que soy llorón por naturaleza, no puedo por menos que esbozar también una sonrisa. El “si tú eres feliz, yo soy feliz”, se cumple más que nunca en su caso y en otros. Si él tiene esa vitalidad, ¿quién soy yo para no apoyarle y sonreír con él para mandarle ánimos? Ojalá pudiera algún día darle buenas noticias, pero las buenas noticias están en el aire y espero que, más pronto que tarde, las reciba y ese día su sonrisa sea también la sonrisa de los que le rodean, la sonrisa de todos.

Mientras tanto, vamos a plantarle todos cara a la enfermedad con esa sonrisa, la sonrisa de José Luis Capitán, un madrileño afincado en Asturias que no deja de ser otro charrito más, porque uno no es sólo de donde nace, es también de donde pace y, sobre todo, de donde deja huella.

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