La vida como un viaje

- en Firmas
38
Lourdes Francés

La piedra es rectangular, plana y oscura como la noche. Granito salvaje, sillar natural amarrado a la tierra de donde parece brotar. Inmóvil ha permanecido en el mismo sitio durante esa eternidad en que ambos estuvimos separados, creciendo y madurando cada uno por nuestro lado y sin saber nada del otro, a pesar de haber vivido durante años en la misma ciudad, casi al lado.
Hoy la he vuelto a ver, clavada allí, donde yo la localizaba desde siempre, en el centro de mi memoria y a la vez en el borde del camino, inanimada, testigo mudo de nuestro escarceo, y la he reconocido como a la amiga que inspira confianza, como un monumento a la ternura.

Tuvieron que pasar tantos años para que al fin yo pudiera ubicar uno de mis recuerdos más nítidos y persistentes de mi adolescencia.

Aquella noche de antaño, cuando la vida comenzaba a aletear en nuestro pecho como trémulo pajarillo, fue cuando comprendimos que el corazón golpea más fuerte cuanto más cercano está al deseo. Éramos dos adolescentes corriendo calle abajo buscando un rincón oscuro donde abrazarse sin tregua, donde besarse a ciegas. Manos entrelazadas, risa nerviosa, y el deseo cosido a la piel, pespunteado a nuestro sencillo uniforme de vaqueros y camiseta de algodón.

De pronto vemos la roca allí plantada como un banco desnudo que parece llamarnos en silencio e invitarnos a descansar sobre su lisa superficie.

Sentados muy juntos primero, y luego yo en su regazo, como un bebé que descansa por fin entre los brazos de su madre.

Palpitantes labios que se buscan febriles y se besan con el anhelo del náufrago; ojos que se miran impacientes y temerosos en la mirada del otro; dedos que discurren torpes y temblorosos a través de la ropa inventando caricias inocentes, tanteando a ciegas los trazos de la cara antes de recorrer con los labios la frente, los párpados, las mejillas, la barbilla, la boca y ese cuello tostado de días interminables jugando bajo el sol.

Somos tan jóvenes e inexpertos que no sabemos cómo avanzar por las limpias sendas aún desconocidas de nuestros cuerpos.

Alrededor la noche cerrada y en calma nos envuelve con su misterio. La luna y las estrellas son fieles centinelas que cobijan bajo su brillo titilante a quienes osan desafiar las reglas sin saberlo.
Los ruidos de la noche acompañan quedamente nuestra respiración entrecortada: el agua de un regatillo cercano y, a lo lejos, más apagados, el cric cric de los grillos en los huertos y el pasadoble de turno que interpreta la orquesta en la Plaza Mayor, que muy tenue y cálida, la brisa nos trae y se lleva.

Hace calor. Es Agosto en la Meseta. Entre su cuerpo y el mío ni una leve ráfaga de aire que nos seque el sudor.

Éste fue el inicio tal y como lo conservo yo. Nació y murió tan rápido que el propio verano lo quemó.

Una vida y mil viajes después nos hemos encontrado de nuevo, ya sea por pura casualidad o por la fuerza del destino, que ha dispuesto que cuando ambos navegábamos por mares tenebrosos, tuviéramos cerca de nuestro corazón maltrecho y apagado, el consuelo del fuego abrasador, el empuje y el optimismo del viejo amigo.

En el fondo de mi alma siento que aquel encuentro de antaño sirvió para que ahora nos reconociéramos entre la multitud. Su figura permaneció fija en mi recuerdo todos estos años como el faro que a lo lejos imaginas, sin llegar entre la bruma a vislumbrarlo, pero que cuando la tormenta te arrastra hasta las rocas, se hace siempre presente para evitar que naufragues y ayudar a desterrar las pesadillas, vencer el miedo y recuperar la ilusión y la esperanza perdidas.

Autor

Lourdes Francés
Cirujana Ortopédica y traumatóloga. Runner popular.

Noticias relacionadas

0 0 votos
Valoración
Subscríbete
Notifícame sobre
0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios