Voz

- en Firmas

Hay veces que no somos capaces de escuchar nuestra propia voz.

Hay veces que la dejamos sumergida entre una maraña de sentimientos, dudas, contradicciones, miedos… Y somos incapaces de escuchar lo que nos está diciendo a gritos. Unos gritos ahogados. Unos gritos silenciosos. Unos gritos que palmean, se retuercen, golpean.

Hay veces que la escuchamos, pero no queremos hacerle caso porque nos duele, por no queremos darle la razón, porque nos cuesta enfrentarnos a aquello que nos relata.

Nuestra voz, en ocasiones, se pierde entre la multitud. Se diluye entre el océano de otras voces que tienen más potencia, que emplean un tono más elevado pero que, a la larga, no dicen nada. Con todo lo que tenemos por decir nosotras.

Hay veces que nuestra voz lucha por salir, pero no puede. Se queda bloqueada en un punto de la garganta, donde no encontramos el botón que nos permita desbloquear y avanzar. Entonces, se queda ahí, quieta, luchando y perdiendo fuerzas, hasta que desiste y se resigna.

En otras ocasiones, la voz no sale porque no sabe qué decir; porque no encuentra las palabras a todo lo que fluye dentro; porque es vergonzosa y no es capaz de materializar, de unir letra a letra para formar frases que expliquen y expresen todo lo que el cuerpo y la mente quieren decir.

A veces, la voz es cobarde y se esconde en lo más profundo y se niega a abandonar el cuerpo y flotar en el aire.

Hay veces que la voz se pelea por salir, pero no sabe cómo. Lucha y lucha y, al final, agotada, empujada por la cabeza, decide hacerse un ovillo y ocultarse en el rincón más oscuro y alejado. Pasar desapercibida. Inerte. Dejarse llevar por unas olas inexistentes.

Hay veces que nos resulta complicado poner en orden todas las palabras, todos lo fonemas, todas las sílabas para tener un discurso coherente.

Hay veces que, cuando la voz está convencida para salir a escena, cuando está esperando, paciente, su turno para exponer el discurso que tan concienzudamente se ha preparado y estudiado, se da cuenta que no tiene un público al que dirigirse o el que hay no es el adecuado y se desinfla, se va apagando, se va haciendo chiquita.

La voz hay veces que se deja noquear por el miedo, la incertidumbre, el no saber la reacción de la otra o por anticiparse a un futuro incierto, no escrito. Se deja noquear y guarda silencio. Mudando esa ausencia de voz en malentendidos que se embrollan y se convierten en ovillos difíciles de desenmarañar.

Álbum ilustrado: Mi voz, escrito e ilustrado por José Fragoso

Autor

Doctora en Derecho y Ciencias Sociales por la UNED, Licenciada en Derecho por la USAL, Máster en Derechos Humanos y Máster en Malos Tratos y Violencia de Género por la UNED. Técnica de proyectos en prevención y sensibilización en materia de igualdad, violencia de género y sexual.

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