En esta tarea, que me he encomendado, de recordar las personas que he conocido y ya no están en el pueblo y en la vida, hoy me ha correspondido recorrer la calle Honda y mirar a un lado y a otro, y lo voy a hacer con paso hondo y parsimonioso.
Me detengo ante la puerta de Correos. Este local es propiedad del Ayuntamiento. Aquí estuvo asentada la carnicería municipal. Todos los años, el Consistorio la sacaba a subasta. Quien se quedaba con la posta, se comprometía a abastecer de todo tipo de carnes a la población y a respetar los precios que fijaba el Ayuntamiento a cada una. Hubo necesidad de habilitar un local para instalar el servicio de Correos, y el Ayuntamiento lo consideró como el lugar idóneo, y lo acondicionó debidamente. Construyó dos plantas: la de abajo se destinó a oficina de Correos y la de arriba, se designó como sede de la recién creada Hermandad Sindical de Labradores y Sindicatos, 14 de marzo de 1943.
He estirado la mirada en perspectiva en el pasado y me he tropezado con la presencia de un montón de oficios que se asomaban a sus portales. Y lindero con Correos me encuentro con el “café Correos” de la señora Anita Bonilla.
No llegué a conocer a su marido, Lorenzo Cosmes; en cambio, sí a sus hijos, José Antonio, Isabel y Concepción, excepto a su hijo Silvestre, que falleció en la guerra. El café de la señora Anita fue el centro de ocio y tertulia del pueblo, tanto de jóvenes como de mayores. Con el tiempo, su hija Conce y su marido Sirvilio abrieron un puesto, en el que despachaban refrescos, helados y chucherías. Y, al mismo tiempo, fue el hogar de Conce y Sirvilio, padres de Pedro, Silvestre y Julia. Y, enfrente, damos con las viviendas de Ignacio Chico y Alfonsa, su esposa. Ignacio,
peñarandino de pro, ejerció de taxista. Con su vehículo, todos los días, se encargaba de llevar y traer a los viajeros, que precisaban hacer sus menesteres en Peñaranda o en la capital; y la carnicería del señor Adolfo. Recién casado abrió la primera carnicería en la calle La Luz, pero, pronto, se trasladó a la calle Honda. Recuerdo que poseía un perro plañidero. Cuando fallecía una persona y tocaban las campanas a duelo, el perro emitía un grito de dolor prolongado e intermitente, hasta que las campanas se entregaban al silencio. Su esposa se llamaba Isabel y
también supe de sus hijos: Matea, Francisca, Natividad, Manuela y Miguel. Miguel siguió con el oficio de su padre. Pared por medio con la casa del señor Adolfo, figuraba la zapatería del señor Celestino Porreto, casado con la señora Eduvigia. Cuando pasaba a su vera, contemplaba como el padre y sus hijos faenaban, sin levantar cabeza, confeccionando y reparando calzado. Todos sus hijos siguieron el oficio del padre en Madrid, donde decidieron implantar su futuro. Y no quiero pasar de largo sin nombrarlos: Juan, Santiago, Eulogio y Celestino. Y seguido, se encontraba la vivienda del señor Pedro Blázquez Pocotrigo, casado con la señora Teresa, madre de Pedro y Miguel, y, en segundas nupcias, con la señora Encarnación, madre de Francisco, el pequeño. Convivió con Pedro, su hermano Gregorio.
Y sin querer, hemos dejado detrás la casa del señor Manuel Salinero, Bolo, casado con Mª Antonia Sánchez, de Peñarandilla. Como casi todos los Salinero, fue herrero. Tuvo su primera fragua en la calle del Oro, pero decidió trasladarse a la calle Honda. La pareja tuvo tres hijos: Adela, Antonio y Eutropia. Su hijo Antonio compartió el oficio con su padre y lo continuó hasta su jubilación. Avanzo unos pasos y doy con las casas de don Juan Francisco González Cosmes, veterinario, casado con Sebastiana Salinero Celador, los padres de Iluminada, Caridad y Moisés, padre de Juan Vaquerizas y Teresa. En esta casa, tuvo su pastelería el señor Francisco confitero y la señora Bernarda Morenita. Una vez libre, la ocupó don Ángel, médico, con su familia; y la de Eloy Bueno Cabaña, albañil. Eloy estaba casado con Guadalupe Blázquez y su primer hogar estuvo en la plaza del Mercado. Compraron la casa a la familia de Eliseo Rubio y aquí se asentaron. Tuvieron tres hijos, Miguel, Isabel y Rosa; Y la casa de señor Francisco Martín, Habanero, labrador, y la señora Petra. Tuvieron cuatro hijos: José Manuel, María, Marcelina y Julia. Me detuve en los escaparates de la tienda de tejidos de Ángel Sánchez Sargentillo, una tienda amplia, bien abastecida, que regentaba junto a su señora, Mª Francisca. Un día decidió trasladar su negocio a la calle Santiago de Valladolid. Se convirtió pronto en uno de los comercios más señeros de la capital pucelana. Pasado el tiempo, abrió un nuevo local en la calle Teresa Gil. Sus hijos Melchor, Francisco, María y Ángel. Melchor y Francisco han sido los herederos gestores de la profesión de su padre. Su hijo Ángel falleció en un accidente en plena juventud.
Pared por medio, se hallaba la casa del señor Antonio Bautista, Tobalo, y de la señora Agustina. De oficio agricultor. La pareja disfrutó de cinco hijos: Francisco, Rita, Brígida, Manuela y Antonio. Aproveché el cuarto y me colé en la casa de Ovidio y Benita. Me senté un rato y charlamos, mientras Ovidio, Manolo y Silvestre remataban unas botas de cuero para el ejército y la Guardia Civil. Ovidio se ganó el mayor respeto y consideración de las Fuerzas Armadas por la calidad y seriedad en su trabajo. Benita estuvo siempre presta a echar una mano a su marido en el remate de las piezas. Tuvieron cinca hijas, Mª José, (mi buena amiga, falleció muy joven), Manola, Lucía, Rosalía y Mª Luisa.
Y termina este tramo de la calle, con la casa del señor Francisco Barriles y de la señora Eufrasia, donde asentó una pescadería Cruz Panera durante un tiempo. Y pasada la bocacalle, se encuentra la casa de las Elicias, hijas de don Francisco Bautista García, médico.. No llegué a conocerlo, pero sí a sus hijas, Elicia, Antonio y Gertrudis. Cuando el Ayuntamiento desposeyó de la titular a don Agustín García Talavera, el 23 de agosto de 1936, porque no era de su cuerda, y Macotera perdió un gran profesional. Nombró, interinamente, a don Francisco Bautista García,
padre de las Elicias. Me he dejado para atrás, la casa del señor Francisco Blázquez Pocarropa y de la señora Gertrudis, padres de Juana, Rosa, Antonio y Juan Francisco. Juan Francisco se quedó con la casa paterna, que contrajo matrimonio con Antonia Flores. Y lindera con la casa de Paco, se alza la botica de don Gonzalo Hernández y doña Ángeles. Anteriormente, don Gonzalo regentó la botica, pero, en la calle de la Botica. Don Gonzalo era de Barbadillo, y doña Ángeles, de Fuentesaúco. El matrimonio tuvo varios hijos y este hecho le animó a construir una casa amplia y, para su proyecto, eligió un solar en la calle Honda, y traigo a colación los nombres de sus hijos: Celia, Jesús, Alejandro, Mariano, Segunda, Mercedes, Purificación, Angelines, Asunción, Juana y Flora. La titular de farmacéutico de don Gonzalo, en Macotera, cumple los ciento quince años. Casi nada. Y a su
vera, se encuentra el comercio textil y mercería de Francisco Jiménez Barriles y Eufrasia, natural de Diego Álvaro. Un comercio de gran tradición y que se prolongó de la mano de su hijo Filiberto hasta su jubilación. Francisco y Eufrasia tuvieron nueve hijos: Sofía, Carmelo, Floripe, Ana, Francisca, Crescencia, Antonia, Filiberto y Francisco. Y sigue la línea la casa de Avelino Blázquez y sus hermanos Fernando y Miguel. Avelino se casó. en segundas nupcias, con Quiteria Corrionero, de Santiago de la Puebla. Y, sin querer, hemos llegado a la casona de los padres Jerónimos de Alba de Tormes, que compraron a Francisca Cuesta Blázquez, viuda de José Jiménez Revisco, junto con la panera de enfrente, en 1782. Se ve que los frailes, en 1833, sufrieron los efectos de la Desamortización, y sus bienes fueron confiscados por el Estado. No sé cómo llegó, a manos de la familia de Francisco Blázquez, la vivienda de los frailes, lo que sí es evidente, es que el inmueble se dividió en cuatro casas: la de Avelino, la de Rosa, la de Antonio y la de Manuel y Teresa Madrid. Antonio Blázquez contrajo matrimonio con Mª Francisca
Ruano, padres de Francisco, Manuel, Gertrudis. Rosa Blázquez contrajo matrimonio con Antonio Nieto, Arturo;
en la casa de Rosa, se encontraba la capilla de los padres Jerónimos, que utilizaban para sus cultos durante sus estancias en Macotera.
Y nos tropezamos con la flamante casa del señor Ramón Blázquez Ranes y de la señora Beatriz Madrid. Se trata de una mansión magnífica, de dos plantas con terraza y con oratorio, presidido por una imagen de Jesús Crucificado. Fue ganadero y desempeñó, durante varios años, los cargos de alcalde y de juez de paz. Dicha casa fue la sede del Colegio Libre Adoptado, hasta que se construyó el edificio de arriba de las eras grandes y la cancha, y que abrió los cimientos del porvenir a varios jóvenes de Macotera, Santiago y Alaraz.
Y nos colamos en el último tramo de la calle, y siguiendo la vereda de la izquierda, me fijo en la casa de Pedro Bautista Ronquillo y de Isabel Blázquez. Labrador. La pareja disfrutó de varios hijos: Manuel, Juan, Rosa y Teresa, Francisco y Fernando. En dicha casa, se construyó la Casa Sindical. No puedo por menos de entrar en la casa de nuestro amigo Juan el Zapa. La visitaba con frecuencia, pues mi padre me mandaba a reparar y buscar las medias botas, que Juan le preparaba con todo esmero y comodidad, pues se recorría, diariamente, todo el pueblo por su profesión de practicante y requería un calzado especial. Posteriormente, fue adquirida y habitada por Juan Antonio Blázquez e Isabel, y su hija, Rosalía. Y completaban la línea la casa del señor Juan Manuel Izquierdo (Mancurris) y de la señora Mª Teresa Izquierdo (Porreta), los padres de Benigno, Mónica, Francisca, Antonia y Orencio. De oficio aguardientero. Atendía con su alquitara a los vinateros del pueblo, que, a cambio de su trabajo, algunos le pagaban con aguardiente, que él vendía por el pueblo. Como estaba perseguida su venta, él voceaba:
“se vende vinagre y lo otro”; la del señor Manuel Bautista del Ojio y de la señora Josefa Sánchez, Juanancha, los padres de Antonio, Elena, Melchor, Juan, José Luis e Indalecio; la del señor Julián Zaballos, el que decíamos de la “luz”, porque era el encargado del mantenimiento del tendido eléctrico y del alumbrado público, que gestionaban sus amos, los Domínguez. Estaba casado con señora Isabel. Tuvieron tres hijos Antonia, Presenta y José Mª; la de Valeriano Barcala, “el Peque”, casado con Remigia. Era transportista. Conducía un camión de su propiedad, que ponía al servicio del personal del pueblo. Era natural de Cantaracillo; la del señor Patro Blázquez huevero y de la señora Teresa, los padres de mi amigo Paco, Jesús y Serafina; la de Domingo Hernández Dulio, y de Mónica Izquierdo Izquierdo, los padres de Domingo, Mª Teresa, Pedro, Antonia y Benito; y cerramos el tramo con la de Liborio Sánchez pintor, y su esposa, Balbina y su hija Manola.
Y doy vuelta al recorrido de este último tramo, y me paro ante la fachada de la casa que fue del señor Pascual Sánchez, el capataz, y de la señora Oliva Varillas. Me encuentro, con frecuencia, con su hijo Pascual y recuerdo a sus hermanos Alberto y Teresa. Dicha casa fue también la residencia de don Jerónimo, Maestro Nacional y de doña Edelmira. Y Después habitó Rogelio García, Gallinero, y Ana Bella García y, ahora, su hija Antonia. Más arriba, abría la puerta la vivienda del señor Agapito Blázquez y de la señora Mª Teresa Martín Cajarinas. Sus hijos: Ana, Alfonsa, Teresa, Ignacio, Remigia, Pedro, Manolo y Francisco. Y seguido, se hallaba la casa del señor Miguel Flores Pinto y de la señora Mª Antonia Blázquez, con su familia: Isabel, Francisco (sacerdote), Germán, Mª Teresa, Fernando y Miguel. Pared por medio, la vivienda del señor Cristóbal Barrigueto y de la señora Melchora Sánchez. Fueron sus hijos: Juan Francisco, Agustín y Cristóbal. Una vez marcharon a Madrid, se asentó en ella, el señor Santiago Martín Zahoril y la señora Sebastiana. De oficio carpintero. Sus hijos: Francisco, Antonio, Carmen, Ángel y José. Y la del señor José Manuel Campos y de la señora Mª Antonia Gómez. De oficio carretero. Oficio que siguieron sus hijos: Fernando, Francisco, Alfonso y Antonio. Su hija se llamaba Joaquina.
Y nos acercamos al final, citando la casa del señor Cristóbal Hernández Bueno, Picón, y la señora Catalina Cuesta Bonilla. Fue alcalde ( el de la banda). Sus hijos: Isabel y Pedro. La señora Catalina tenía grandes dotes terapéuticas. Una vez libre, fue ocupada por Ovidio y Benita, donde ubicaron su primera zapatería. Y rematamos con la vivienda del señor Nicolás Hernández, chivero, y de la señora Mª Antonia Blázquez. Fueron sus hijos: Paula, Pablo, Celedonio, Agustina, Virgilia, Jerónima, Mª Teresa y Sofía.
Como señalé al principio del relato, habréis podido comprobar conmigo, como, de cada portal, se asomaba un oficio.