Salamanca 1952

- en Firmas
Gente en Plaza Mayor de Salamanca

Aún hoy, después de tantos años, recuerdo aquella mañana remota, en que mi padre me llevó a conocer la gran ciudad. Tenía 11 años-. Salamanca era entonces mucho más pequeña, apenas pasaba de lo que es hoy la Avenida de Portugal. Por ese lugar, pasaba una vía de ferrocarril que pronto empezaron a desmontar, porque la ciudad se iba extendiendo cada vez más.

Salimos de la plazuela de San Gregorio muy temprano a coger la Serrana en la carretera. Allí llegaba el tío Agustín desde Alaraz. Venía con su “gorra de capitán” y su mala uva, e iba poniendo orden en los asientos, a la vez que echaba broncas a diestro y siniestro: ¿Ese niño trae su toalla?… En aquel tiempo, a lo máximo que estábamos acostumbrados, era al trote de un burro, y, a esas velocidades de vértigo, -quizás 40 Km. por hora-, mucha gente vomitaba. La Sra. Anita la Gala ordenaba las mercancías y el Sr. Pedro el Capucho las subía a la baca de la serrana. A veces, si se llenaban los asientos, algunos pasajeros subían arriba con los equipajes. No existía lo que hoy
llaman “overbooking”, allí entraba todo el mundo.

Ya, en Salamanca, nos dirigimos hacia la Plaza Mayor: entramos por la esquina del Gran Hotel, subimos la escalera y nos colamos en esa maravilla, que es la plaza más bonita del mundo. En el soportal de los Escudos y del Novelty, había varios corros donde participaban chalanes y laneros macoteranos, que intentaban hacer tratos: unos comprando lana, otros vendiendo los animales que tenían en el Teso de la Feria: Chapas, Ñurris, Barriles, Gumersindos, Morenitos… El centro de la plaza era un gran jardín que desmontaron años después. Asombrado, miraba a todas partes, mientras íbamos dando la vuelta, observábamos los medallones de los reyes y personajes importantes de la historia de España, que decoran los numerosos arcos de sus soportales. Salimos de la plaza por la calle del Prior, dejando al lado el Palacio Monterrey,
para entrar en la iglesia de la Purísima a rezar tres Ave Marías y una salve y contemplar el gran cuadro de la Purísima, -pintado por Ribera-, que embellece el retablo.

Después, subimos por la calle de la Compañía, hasta llegar a la Clerecía y a la casa de las Conchas. ¿Ves esas conchas?, pues dicen que hay varias que están llenas de oro, pero los que entienden de arte aseguran que vale mucho más la facha da que todo el oro del mundo. ¡Pensar que los jesuitas intentaron derribarla, para que la Clerecía luciese su esplendor! Como decía nuestra escritora salmantina Carmen Martín Gaite:

“¡No se daban cuenta que, a veces, la sencillez luce más que la ostentación!”.

Paseando por la Rúa Mayor llegamos a la Catedral. Con mis ojos de niño, observaba embobado las grandes columnas, la altura de sus bóvedas y las vidrieras. Después, fuimos a ver la fachada de San Esteban en los dominicos y el patio del convento de las Dueñas. Allí había una monja de Macotera, a quien mi padre entregó un
fardel de lentejas. En agradecimiento, nos acompañó como guía en nuestra visita. De vuelta, no podíamos dejar de hacer una parada para contemplar la belleza incomparable de la fachada plateresca de la Universidad. Se nos acercó un gitanillo a quien mi padre dio una “perra gorda”, para que nos contase la historia de la calavera y su famosa rana. Más tarde, volvimos a la Plaza Mayor, donde siempre empieza y termina cualquier recorrido por la ciudad, hoy Patrimonio de la Humanidad. Desde aquel lejano 1952, siempre que voy a Salamanca, hago ese recorrido, -lo recomiendo-. Recorrer Salamanca es visitar un museo permanente en plena calle.
En el recorrido leí en una lápida pegada en la pared que decía:

MI SALAMANCA

Del corazón en las honduras guardo
tu alma robusta; cuando yo me muera,
guarda, dorada Salamanca mía, tú mi recuerdo,
Y cuando el sol, al acostarse, encienda
el oro secular que te recama,
con tu lenguaje de lo eterno heraldo,
di tú que he sido.

(MIGUEL DE UNAMUNO)

Por la tarde fuimos al Aspirantado Maestro Ávila. Un seminario patrocinado en parte por grandes benefactores, cuyos retratos pendían de sus paredes. Era muy asequible, y muchos padres enviaban allí a sus hijos. Había muchos niños y jóvenes macoteranos. En aquellos años, se decía que, entre seminaristas, curas, frailes y monjas había más de 400 en Macotera. Nuestro pueblo era uno de los más levíticos de España.

Gene Losada Comenencias

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